La oración nos permitirá la toma de consciencia de lo divino.
La oración cristiana se podría entender como un acto de Amor, desde la humildad, hacia Dios, gracias a los méritos de Jesucristo, con la intercesión del Espíritu Santo (Paráclito). Las tres divinas Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
La oración cabría entenderla como una «relación vertical» con nuestro Creador, que va a depender en gran manera de una adecuada «relación horizontal» con el prójimo (nuestros hermanos) y, en general, con la geobiología.
La oración nos conducirá a un equilibrio espiritual, siempre que nos apoyemos en un adecuado equilibrio mental, emocional, consciencial personal y de relaciones interpersonales (consciencia interpersonal y transpersonal). Es decir, previo al ejercicio de la oración se precisaría de una consciencia personal, transpersonal y trascendental en equilibrio. Como dijimos con anterioridad, la clave es cómo usamos nuestra psiquis. ¿La usamos para ponernos en contacto con nosotros mismos, para tomar consciencia de quiénes somos y como nos relacionamos con los demás? ¿La usamos para enviar y recibir amor a/de los demás? La mejor herramienta que tenemos para acceder a ellas es la psiquis y la “consciencia transpersonal”. [Jäger, W. 2006]
Desde mediados de los 90, varios científicos (Penrose, Hameroff, etc.) han sugerido que la consciencia podría depender de procesos cuánticos coherentes (función de onda como superposición de otros estados puros) biológicamente ‘orquestados’ en colecciones de microtúbulos dentro de las células cerebrales (neuronas y neuroglía).
La oración es un aspecto importante de la vida espiritual cristiana. La oración es una forma de llegar a una relación más profunda con Dios y de buscar su ayuda y guía no solo para nosotros sino también para los demás: ya que es “elevar la mente y el espíritu hacia Dios” [Broderick. 1976]
El advenimiento de la mecánica cuántica ha producido un cambio de paradigma, reemplazando los procesos lógicos observados en el mundo macroscópico por procesos que obedecen a una física diferente en el mundo cuántico. Uno de ellos es el entrelazamiento de estados, un rasgo característico de la física cuántica. Es un fenómeno físico que ocurre cuando un par o grupos de partículas independientes entran en una correlación de estados cuánticos formando una unidad coherente respecto de algunos de sus estados (Ver: Cuántica – Coherencia y decoherencia). A esto se denomina “entrelazamiento de estados cuánticos”.
En esencia, el entrelazamiento cuántico es una característica «insólita» que nos dice que si es posible «unir» dos partículas, por ejemplo fotones (biofotones) de una «manera especial» que los convierta efectivamente en dos partes de la misma entidad, sin importar la distancia a la que se encuentren, tal que un cambio en una de ellas se manifiesta instantáneamente en la otra. Es como si las dos partículas separadas actuaran al unísono, comportándose como una sola entidad: el concepto de espacio y tiempo en el contexto de lo cuántico no coincide con el de nuestra experiencia cotidiana.
La existencia de estados cuánticos entrelazados y concretamente del entrelazamiento macroscópico entre muchas partículas, p. ej. entre biofotones, relacionadas con átomos y moléculas de estructuras celulares del tejido nervioso (p. ej. en los microtúbulos neuronales y gliales), podría ser una evidencia de la existencia de una forma de comunicación transpersonal o de «consciencia transpersonal»: lo que nos conduciría a una mejor toma de consciencia transpersonal que mejoraría el acto de la oración.
Este fenómeno físico de partículas entrelazadas y sistemas macroscópicos de partículas en entrelazamiento de estados, aunque separadas espacialmente (en un contexto de no-localidad), mantendría un comportamiento de alta coherencia. La existencia de estados cuánticos entrelazados son una evidencia de que pudiese existir una situación en lo físico que, de algún modo, tuviese algo que ver con determinados estados psicológicos que pudiesen favorecer (o dar soporte) a la oración; del mismo modo que el lenguaje da soporte a las ideas sin llegar a ser exactamente lo mismo. [Thuraisingham. 2019]
En hermosas palabras de San Mateo podemos leer: «Además os digo, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» [Mateo 18. 19-20]
De San Pablo podemos leer: “Y de la misma manera, el Espíritu también ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como deberíamos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con un gemido demasiado profundo para las palabras; y el que escudriña los corazones, sabe cuál es la mente del Espíritu; porque intercede por los santos según la voluntad de Dios” [Romanos 8. 26-27]
Para millones de cristianos de todo el mundo, la oración es una fuente de seguridad, estabilidad y consuelo. La oración no es algo que se pueda someter a un juicio puramente racional, no requieren ningún convencimiento adicional. La oración forma la columna vertebral de la fe. Para el escéptico, por otro lado, que requiere pruebas científicas, lo que se le propone aquí es que en el dominio de lo cuántico, atendiendo al entrelazamiento macroscópico de estados cuánticos, sí existe la «comunicación» instantánea y coherente a modo de unidad sin importar lo lejos que estemos los unos de los otros. Si en lo físico sí es posible esa comunicación a modo de “relación horizontal”, que más será entre las criaturas y su Creador a modo de “relación vertical” o entre esas mismas criaturas y sus intercesores para con Dios.
Jesús en la cruz “dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu madre” [Juan 19. 26-27] Dice el Señor significativamente “la Madre” y “el discípulo”, con artículos determinados que expresan a María y a Juan como representantes de una realidad transcendente y misteriosa. Y sigue: “Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”; o como podría traducirse más literalmente: “el discípulo la acogió entre los bienes propios”. Así pues, María, la Virgen Madre, pertenece a los bienes de gracia propios de todo discípulo de Jesucristo (Juan Pablo II, Redemptoris Mater 23-24.44- 45).
El concilio Vaticano II afirma que María “es nuestra madre en el orden de la gracia”. Y precisa más: “Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada”.
El individuo espiritual es aquel preocupado por cuestiones relacionadas con el sentido de la vida, con la verdadera naturaleza del ser humano. Se hace preguntas como: ¿quién soy realmente? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué pasa tras la muerte? ¿Tenemos un alma inmortal? ¿Tengo una misión o destino en mi vida?
Conocemos y usamos habitualmente las leyes de la física para hacer cosas que, en el pasado, parecería magia, como volar o comunicarnos con alguien que está en otro país o continente, pero, ¿existen unas leyes espirituales?, y si es así, ¿cuáles son y cómo funcionan?
En cuanto a nosotros, como personas, sabemos que vamos evolucionando a través del tiempo. Conocemos nuestra evolución física, pero ¿qué pasa con la evolución espiritual? ¿Hacia dónde nos dirigimos en ese sentido?
Jesús habla sobre la oración y dice:
«Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, bien plantados, para que los vea la gente. Os aseguro que con esto ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu habitación y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Ahora bien, cuando oréis no charléis mucho, como los paganos, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.» [Mateo 6. 5 – 8]
«Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, más líbranos del mal.» [Biblia de Jerusalén. 2009. Mateo 6. 9 – 13]