Desde una perspectiva científica, cuando algo no está claramente definido y no se puede pesar o medir fácilmente, es casi como si no existiera. Y, sin embargo, ciertamente todos podemos reconocer que el amor y la compasión sí existen y son ciertamente tan reales e importantes como la ansiedad y el miedo.
En los últimos años, varios investigadores han comenzado a estudiar la psicología positiva de la compasión. Dado que las filosofías orientales ponen tanto énfasis en la compasión como causa de felicidad y bienestar, gran parte de este creciente interés se ha iniciado a través del diálogo entre religiones. El principio de la compasión se encuentra en el corazón de todas las tradiciones religiosas, éticas y espirituales, y nos llama a tratar siempre a los demás como deseamos que nos traten a nosotros mismos.
La Biblia enseña el valor intrínseco de cada ser humano, y esto es lo que motivó a los primeros cristianos a comenzar a cuidar de sus enfermos. Fue así como las comunidades establecieron determinadas prácticas formales de atención a los menos favorecidos.
Rodney Stark, autor de «The Rise of Christianity», sostiene que parte del marcado crecimiento de la iglesia en los primeros siglos puede atribuirse al cuidado y la compasión que los cristianos mostraban por los necesitados. Los cristianos demostraron su amor por Dios y los valores bíblicos, y ofrecieron un testimonio muy atractivo. Su ejemplo se ha seguido a lo largo de la historia de la iglesia cristiana. [Stark, R. 1997]
Dos de las cualidades más importantes que nos hacen humanos son la capacidad de simpatizar y sentir empatía por los que sufren, y la voluntad de ayudarlos; en otras palabras, una actitud de preocupación por los demás. La empatía es fundamental para la condición humana. Sin ella, no podríamos relacionarnos con los demás. No tendríamos los códigos morales que tenemos.
Al igual que la inteligencia y la racionalidad humanas, en algunos aspectos no requieren necesariamente un componente consciente, lo mismo ocurre con facetas del ser humano como la moralidad y la empatía. Sin una consciencia fenoménica (Rosenthal, 1986; Block, 1995; Lycan, 1996), es poco probable que podamos considerar la perspectiva de otra persona. La empatía juega un papel importante en nuestras vidas, desde poder tener relaciones de amistad hasta mantener un orden social y disfrutar de las artes. Esta empatía requiere autoconsciencia y comprensión de que los demás pueden experimentar alegría y dolor como tú. [Siewert, C. P. 1998]
Es oportuno decir que la civilización global de hoy día se encuentra en una profunda encrucijada, en términos de recursos naturales, sistemas materiales y modos de pensar: es una encrucijada física, psíquica y espiritual. Por tanto, se vuelve imperativo que orientemos nuestras facultades perceptivas a favor de la potencial transformación evolutiva de la consciencia humana.
En los tiempos actuales, el desarrollo humano requiere que pasemos por varios cambios de paradigma para evolucionar nuestro pensamiento colectivo y patrones de percepción. En otras palabras, nuestro desarrollo se basa en procesos biológicos y psíquicos simultáneos. Según el destacado investigador de la consciencia Gopi Krishna (1903 –1984), «la maduración del sistema nervioso y el cerebro es un proceso biológico que depende de una serie de factores psíquicos y materiales». Es por esto que hemos llegado a una necesidad evolutiva en la que nuestra dependencia dominante en las búsquedas materiales se equilibre con un aumento en la investigación de la consciencia que respalde el papel significativo de una «mente compartida»: en otras palabras, la «empatía colectiva».
Se habla mucho en la actualidad sobre el paradigma emergente del «cerebro global» y sobre el crecimiento de la empatía colectiva (de la humanidad). El filósofo de la ciencia Ervin László define el cerebro global como «la red de procesamiento de información y energía cuasi neuronal creada por unos ocho mil millones de seres humanos en el planeta, que interactúa de muchas formas, tanto privadas como públicas, y en muchos niveles, tanto local como global». En este nivel físico, ya se está produciendo una gran cantidad de intercambio de información a una velocidad cada vez mayor. [László, 2016]
Las redes sociales emergentes y los medios de comunicación están desarrollando empatía a distancia entre usuarios y lectores de todo el mundo. En este contexto, ya se está produciendo una transformación en las relaciones entre un número significativo de personas en el mundo. Sin embargo, ahora la ciencia consolidad está llevando estos desarrollos más allá al postular que las personas están aumentando no solo sus relaciones enfáticas entre sí, sino que pudieran estar llegando a una especie de entrelazamiento cuántico macroscópico mental. Este punto de vista ha sido corroborado recientemente por la neurociencia con su hallazgo de «neuronas espejo».
Una «neurona espejo» es una neurona cerebral que se activa (dispara) cuando un ser vivo (como humanos y otros animales como primates y mamíferos) observa la acción de otro. En otras palabras, si un individuo observa a otra persona comer una manzana, entonces exactamente las mismas neuronas cerebrales se activarán en la persona que observa la acción como si ellos mismos estuvieran realizando el acto. Se ha encontrado que este comportamiento neuronal en humanos opera en la corteza pre-motora y parietal inferior. Este fenómeno de las «neuronas espejo» fue descubierto por primera vez en la década de 1990 cuando se estudiaba la actividad neuronal de primates. Este descubrimiento ha llevado a muchos neurocientíficos a declarar que las neuronas espejo son importantes para los procesos de aprendizaje (imitación) así como para la adquisición del lenguaje.
En términos generales más modernos, también podríamos decir que esta capacidad es lo que une a una persona en simpatía y empatía con la situación de otra (compasión). También puede explicar por qué las personas se vuelven tan apegadas emocionalmente a determinadas noticias divulgadas por los medios de comunicación e incluso lloran cuando ven a alguien llorar en la pantalla. De esta manera, estamos emocionalmente entrelazados a través de un reflejo de la activación neuronal del cerebro.
Al considerar la posibilidad de que nuestros cuerpos (encéfalos) esten entrelazados a través de un campo cuántico de resonancia de biofotones, se podría explicar cómo nos afectan los demás y cómo nos afectan, a través de un proceso de interferencia a nivel de biocampo. Esta información es significativa cuando se considera un cambio hacia una mayor empatía entre personas cercanas y a distancia (a través de las redes de comunicación), así como el potencial para catalizar futuras habilidades para la comunicación (¿telepática?) entre individuos.
Entonces, nuestros cuerpos, así como nuestros cerebros, parecen funcionar como receptores / decodificadores dentro de un “campo de información” que está en constante cambio. Podríamos referirnos a esta forma como «consciencia de campo» o “consciencia de campo cuántica”, o simplemente como consciencia cuántica, porque cuántica implica un efecto no-local.
Al hilo de lo anterior me gustaría traen unas hermosas citas bíblicas sobre la compasión cristiana:
“Al ver tanta gente, (Jesús) sintió compasión por ellos, porque estaban angustiadas y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.” [Mateo 9. 36]
«Venid a mí, todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os proporcionaré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.» [Mateo 11. 28-30]