Cuando queremos entender qué es la consciencia se nos plantean muchas dudas, es complicado de explicar, en cierto modo la consciencia tiene que ver con lo que percibimos o experimentamos. Es la melodía que suena en nuestra cabeza, la dulzura de la miel, el dolor punzante de una herida, el amor incondicional por tu hijo y el amargo conocimiento que eventualmente todos hemos experimentados en algún momento.
La consciencia se puede entender mejor desde tres capacidades humanas. 1) Hacia el interior: conocerse a uno mismo, tanto nuestra apariencia pasajera (física, emocional y mental) como la esencia imperecedera o nuestro auténtico ser. 2) Hacia el exterior: conocer la realidad que nos rodea en sus diversas manifestaciones e implicaciones. 3) Asociación equilibrada de las dos capacidades anteriores (interior y exterior): donde la interacción con el mundo (conociendo sus vicisitudes y trasfondos) sea desde lo mejor de nosotros mismos, gracias al reconocimiento de lo que realmente somos.
La consciencia pudiera definirse como «el acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo». [Ver diccionario de la RAE]
Como complemento a lo anterior está el concepto de ‘conciencia‘ que según Descartes y Locke incide más en valores morales y éticos (distinción entre el bien y el mal, etc.)
Llegado a este punto cabría referirse a los qualia que, según los neurofilósofos, sería la cualidad especial de toda vivencia subjetiva de las experiencias de la consciencia.
Mente y consciencia
Mente
Puede entenderse como el funcionamiento global del encéfalo, especialmente de la corteza cerebral, pero no solo en términos de anatomía o fisiología pura (neuronas, neurotransmisores, redes), sino en el nivel funcional o operativo: cómo emergen de ahí la memoria, la atención, el lenguaje, la planificación, la cognición y la conducta.
Es el conjunto de procesos psíquicos y cognitivos que surgen del sistema nervioso central.
Aunque está sustentada por lo biológico, no se reduce a ello: hablamos de “mente” cuando nos referimos a lo que el cerebro hace, no solo a cómo está hecho ni a cómo funciona bioquímicamente.
Consciencia
Es la experiencia subjetiva que tenemos de esos procesos y del entorno.
La consciencia abarca:
1. Percepción del mundo externo (a través de los sentidos, filtrada por ideas y creencias).
2. Autopercepción (la vivencia de ser “yo”, con mi cuerpo, mis pensamientos, mis emociones).
3. Relación con el entorno (cómo me sitúo en él, cómo lo interpreto y cómo me interpreto dentro de él).
En pocas palabras: la mente hace el trabajo, la consciencia lo vive y lo percibe.
Diferenciación entre mente y consciencia
La mente es el conjunto de procesos cognitivos y psíquicos que permiten percibir, pensar, recordar, imaginar y tomar decisiones. Es más “funcional” que experiencial; incluye tanto lo consciente como lo inconsciente, y abarca la memoria, el razonamiento, la imaginación y la planificación. En términos simples, la mente es el sistema de procesamiento y organización de la información que da forma a nuestro comportamiento y pensamiento.
La consciencia es la capacidad de percibir y ser consciente de uno mismo y del entorno. Implica la experiencia subjetiva de los fenómenos, la sensación de “estar vivo” y de experimentar pensamientos y emociones. Es más limitada y puntual que la mente, porque no todo lo que procesa la mente es consciente. La consciencia es el espacio experiencial donde la mente se manifiesta.
La diferencia clave es que la mente procesa información y la consciencia percibe la experiencia de esa información – los qualia -. La mente es más amplia y funcional; la consciencia es más experiencial y subjetiva.
Mente concreta y mente abstracta
Mente concreta:
Se ocupa de lo tangible, perceptible y específico.
Procesa información directa del mundo físico y de los sentidos.
Funciona con hechos, objetos, situaciones concretas y experiencias inmediatas.
Su consciencia asociada tiene que ver normalmente con la parte de consciencia sensorial y práctica, centrada en el aquí y ahora, en la interacción con la realidad concreta.
Mente abstracta:
Se ocupa de lo intangible, conceptual y general.
Capaz de trabajar con ideas, teorías, símbolos, relaciones y modelos mentales que no están directamente ligados a la experiencia sensorial.
Funciona con pensamiento simbólico, análisis, planificación compleja y creatividad.
Su consciencia asociada es la parte más reflexiva y simbólica, centrada en ideas, significados, valores y posibilidades más que en los objetos físicos concretos.
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El consciente es el nivel de la mente que se da cuenta (percibe) y analiza la realidad desde nuestro estado interior, haciendo que tomemos decisiones basadas en nuestras experiencias y conocimientos.
En posible relación con la mecánica cuántica, el consciente sería la instancia donde se definiría nuestra percepción de lo habitual (de lo cotidiano). Si la mente, en cierto modo, tuviese un procesamiento cuántico, entonces en el consciente se debería producir una reducción (subjetiva) a un estado concreto de la función de onda correspondiente, definiendo así una realidad (ver interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica)
El inconsciente (no consciente) es el nivel de la mente que nos hace desarrollar comportamientos sin que haya una voluntad en la realización de una conducta concreta. Es un término que Sigmund Freud convirtió en un concepto clave en la teoría del psicoanálisis. Según publicó en 2020 Andrea Kiesel del la Universidad de Freiburgo (Alemania), parece ser que la mente podría procesar el 95% de la información de manera inconsciente, procesamiento que podría tener como base, en cierta medida, la mecánica cuántica. [Kiesel, 2020] [Penrose, 2014] [Hameroff, 2014]
“La teoría cuántica puede no ser intuitiva en absoluto cuando se utiliza para describir el comportamiento de una partícula, pero en realidad es bastante intuitiva cuando se utiliza para describir nuestras mentes, normalmente inciertas y ambiguas (sobre todo en el plano inconsciente)», explicó en 2016 la científica Zheng Joyce Wang de la State University de Ohio (USA).
Así mismo, Wang escribió: «La teoría cuántica proporciona una explicación mucho mejor del pensamiento humano (del que el 95% podría ser un procesamiento inconsciente) que los modelos tradicionales. La teoría cuántica nos ofrece los fundamentos para el modelado de sistemas dinámicos probabilísticos utilizando dos aspectos de la teoría cuántica. La primera, efectos de ‘interferencia’ (entre estados coherentes) que se encuentran en la toma de determinadas decisiones en condiciones de incertidumbre. El segundo, el ‘entrelazamiento cuántico’ (estados entrelazados) que permite modelar los fenómenos cognitivos de formas no reduccionista (no-local, etc.). El empleo de estos principios extraídos de la teoría cuántica nos permite ver la cognición y la toma de decisiones humanas desde una perspectiva totalmente nueva.» [Wang, 2016]
El inconsciente colectivo de C. G. Jung sería una parte del inconsciente que no depende únicamente de la experiencia personal y que está compuesto por arquetipos o representaciones comunes al género humano.
El subconsciente (por debajo del consciente) es el nivel de la mente que se nutre de la información proporcionada por el consciente pero en su forma más primitiva. S. Freud lo utilizó como sinónimo de inconsciente.
Diversos tipos de consciencia.
Consciencia material: más en relación con la fisiología.
Consciencia electromagnética: en relación con las terapias energéticas.
Consciencia emocional y mental: en relación con la psicología.
Consciencia del ser: en relación con la espiritualidad y con lo transpersonal.
Consciencia desde la mente y desde el corazón.
1. El ego y la supervivencia.
El ego no es «malo» en sí mismo; es un mecanismo de defensa y supervivencia. El deseo de pagar menos, de sacar ventaja, de aparentar, de adornar la verdad, surge de un instinto antiguo: asegurarnos recursos, reconocimiento y pertenencia. En sociedades pasadas, el que no cuidaba su interés personal quedaba excluido. Ese instinto sigue vivo en nosotros, aunque hoy se manifieste en trampas pequeñas, en verdades a medias o en comportamientos interesados.
2. La incoherencia entre discurso y vida.
Cuando alguien se dice religioso pero actúa desde la astucia, la trampa o la conveniencia, no necesariamente es hipocresía consciente. Muchas veces es disonancia cognitiva: creemos en ciertos ideales, pero nuestro comportamiento real no alcanza ese nivel. El ego se justifica con discursos. La religiosidad «de palabra» funciona como un maquillaje: calma la conciencia sin transformar de verdad el corazón.
3. Antiguo paradigma vs. nuevo enfoque.
Lo que se llama “antiguo paradigma dogmático” es el predominio de la religión como estructura mental y normativa: reglas, credos, discursos. Eso da seguridad, pero también rigidez.
El “nuevo enfoque” al que es más de la vía del corazón, la experiencia directa y contemplativa, donde la coherencia surge no de obedecer normas, sino de estar más despierto y conectado con uno mismo y con los demás. Ese camino no racionaliza tanto, sino que transforma desde dentro.
4. La mentira y las medias verdades.
Vivimos en una sociedad hipercompetitiva y de apariencias. La economía del consumo y la presión social alimentan la tendencia a exagerar, adornar o recortar verdades. Esto es colectivo: todos participamos en un juego de imágenes (redes sociales, marketing, política, religión de fachada). La media verdad se convierte en norma cultural, y como está socialmente aceptada, deja de parecernos una falta ética grave.
5. La dualidad personal y colectiva.
Personalmente: vivimos divididos entre el ego (miedo, interés, autoprotección) y el ser más profundo (amor, compasión, autenticidad).
Colectivamente: la sociedad actual refuerza la parte del ego (éxito, comparación, astucia) y relega la parte contemplativa.
La consecuencia es que todos sentimos esa tensión, esa incoherencia. Algunos la tapan con discursos, otros con consumo, otros con religiosidad superficial.
6. ¿Por qué prolifera tanto vivir en automático?
Porque es más fácil vivir en automático, en la narrativa colectiva del ego, que detenerse a contemplar. La vía del corazón requiere silencio, desapego, autocrítica, y eso resulta incómodo en un mundo acelerado. El dogma da seguridad rápida; la contemplación exige maduración.
En resumen, lo que vemos es la tensión entre la vieja estructura del ego y una nueva posibilidad de consciencia. La trampa, la mentira, la religiosidad de fachada son síntomas de que aún no hemos dado el salto colectivo hacia una espiritualidad vivida, no solo hablada.
Mecánica cuántica y consciencia: una curiosa conexión.
Ahora que los físicos han encontrado el bosón de Higgs, la «partícula de Dios», el estudio de la física ha entrado en una nueva fase. Sin embargo, ya surgió una nueva fase, de un tipo diferente, hace casi un siglo, cuando los científicos y otros estudiosos exploraron la fusión de la ciencia con la espiritualidad en relación con la física cuántica.
La mecánica cuántica, en su intento de observar lo material en su forma más diminuta, descubre que todo no se puede explicar únicamente como materia, sino como energía y materia; pudiéndose considerar a la materia como una versión «lenta» de la energía.
En 1920, Niels Bohr (1885-1962) y otros desarrollaron la conocida ‘Interpretación de Copenhague’, afirmando que una partícula cuántica no existe como onda o como partícula, sino como ambas a la vez. Cuando observamos su estado, la partícula se ve obligada a «elegir», y ese es el estado que observamos.
Una partícula puede ser forzada a un estado (observable) diferente cada vez. El «efecto del observador» establece que el proceso de observar una partícula cambia la forma en que se comporta esa partícula.
Wolfgang Ernst Pauli (1900-1958), físico austríaco, galardonado con el Premio Nobel de física en 1945 por su «Principio Exclusión», quién también predijo la existencia de los neutrinos (siendo confirmada la existencia del neutrino electrónico por Cowan y Reines en 1956). Según se dice, Pauli también fue famoso por lo que se conoció jocosamente en su época como el «efecto Pauli», que se manifestaba en un mal-funcionamiento espontáneo del instrumental de laboratorio cada vez que se acercaba. Por cierto, esto mismo nos podría recordar a más de uno conocido…
En un momento de su vida, Pauli colaboró con el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung para estudiar la «sincronicidad», en parte debido a las «coincidencias» que rodeaban a los posibles efectos de su persona sobre la materia. Como era de esperar, creía en la posibilidad de una especie de efecto psicocinético (influencia del pensamiento sobre la materia), cosa en la que el físico alemán Max Karl Planck (1858-1947), uno de los «padres» de la teoría cuántica y Premio Nobel en 1918, también creía.
Planck declaró en The Observer del 25 de enero de 1931: «Considero que la consciencia es fundamental. Considero que la materia se deriva de la consciencia»…
Todo apuntaría a que si nos enfocamos en lo negativo, vendrán más hechos negativos. Si lo hacemos en lo positivo, vendrán más experiencias positivas. Es decir, sería como si provocásemos lo que pensamos, de algún modo (¿Ley de la Correspondencia?)
Ervin László, filósofo de la ciencia, propone que la consciencia transpersonal (colectiva) se sustenta en la existencia de un campo de información (a modo de entrelazamiento) que ocuparía el vacío cuántico. [László, 2016]
Relaciones entre consciencia y materia que han sido explorada desde distintos enfoques, combinando psicología, física, filosofía y espiritualidad.
Carl Gustav Jung destacó cómo la psique humana no se limita al pensamiento consciente, sino que se manifiesta también en el cuerpo. Según Jung, los conflictos internos y las emociones inconscientes pueden expresarse físicamente, mostrando que mente y cuerpo son dos dimensiones de un mismo fenómeno. La consciencia individual, aunque subjetiva, tiene efectos tangibles sobre la salud y el funcionamiento biológico, estableciendo un vínculo inseparable entre lo psicológico y lo corporal.
El físico Wolfgang Pauli, en colaboración con Jung, exploró la idea de que mente y materia comparten un nivel profundo común. Su reflexión conjunta condujo al concepto de sincronicidad, donde eventos internos y externos se relacionan sin un vínculo causal directo, sugiriendo que la consciencia personal y los fenómenos físicos podrían emerger de un mismo fondo subyacente. Esta visión anticipa un puente entre el mundo subjetivo y el objetivo, donde la mente influye sobre la realidad física de manera sutil pero real.
David Bohm amplió esta perspectiva a la totalidad de la existencia, proponiendo que todo lo que percibimos como materia y todo lo que experimentamos como conciencia forma parte de un orden más profundo e implicado. La separación entre mente y cuerpo, o entre individuo y universo, es solo aparente; ambos son manifestaciones de un flujo continuo de realidad. Desde este punto de vista, la consciencia personal es una expresión local de un proceso universal que incluye la materia misma.
Siguiendo esta línea, Ervin Laszlo y Rupert Sheldrake aportan la idea de campos que conectan a los individuos y a la vida con patrones más amplios de información. Laszlo describe un campo informacional que interconecta sistemas y consciencia a escala global, mientras que Sheldrake propone que la memoria y las formas de los organismos dependen de campos mórficos que trascienden el cuerpo individual. Ambos sugieren que la consciencia personal se entrelaza con un nivel de información compartida, y que la materia, incluida la biología, refleja y responde a esos patrones.
Pierre Teilhard de Chardin y Raimon Panikkar amplían la perspectiva hacia lo cósmico y espiritual. Teilhard introdujo la idea de la noosfera, un ámbito de pensamiento colectivo que evoluciona junto con la biosfera, conectando la consciencia individual con un desarrollo global. Panikkar, por su parte, planteó que mente, cuerpo y espíritu son inseparables, y que la consciencia humana está intrínsecamente entretejida con el cosmos. Ambos subrayan que la conciencia no es únicamente personal, sino que participa en un proceso evolutivo y colectivo que también afecta la materia.
Sin embargo, Deepak Chopra sintetiza muchas de estas ideas en un lenguaje práctico, sugiriendo que la conciencia individual puede influir directamente sobre la salud y la estructura del cuerpo. Para Chopra, el cuerpo no es solo un organismo biológico, sino un campo dinámico que responde a la mente y a la intención. En conjunto, estos pensadores muestran que la relación entre consciencia y materia no se limita a la interacción causal; conciencia y cuerpo son expresiones de un mismo tejido de realidad, donde lo personal y lo global están profundamente conectados.
En conclusión, a través de la psicología, la física, la biología, la filosofía y la espiritualidad, estos autores nos ofrecen una visión unificada: la consciencia, tanto individual como colectiva, y la materia, especialmente el cuerpo, no son entidades separadas. Son manifestaciones interdependientes de un proceso más amplio en el que el pensamiento, la percepción y la vida física coexisten y se influyen mutuamente. Esta perspectiva invita a reconsiderar la salud, la evolución y la interconexión de la vida desde un enfoque integral, donde mente, cuerpo y consciencia global forman un único flujo dinámico.
A la vista de lo anterior, en el nivel inconsciente se podría tener una superposición de varios estados cuánticos (en lo microscópico) que, en parte, se corresponderían con las posibles alternativas o decisiones que se pudieran tomar ante una situación. En el nivel consciente se tendría un único estado, que representaría la decisión consciente tomada ante la situación percibida (nivel macroscópico)
En todo lo anterior, existiría un problema semántico cuando nos referimos a la consciencia cuántica. Este problema semántico tiene que ver con la idea de consciencia y de consciente o inconsciente. La consciencia (como funcionalidad mental superior) precisaría (se apoyaría) tanto del llamado nivel consciente como del nivel inconsciente. Por eso se dice que la consciencia es cuántica.
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